Acabo de leer un estudio que dice que bajar de peso puede reducir siete tipos de cáncer en las mujeres. Me pellizco el rollo de la guata, ahí donde se acumula la grasa mortífera, y siento la pulsión de ponerme las zapatillas y salir corriendo despavorida. Hay días en que el miedo al cáncer me ronda. No es un miedo irracional, de cáncer se enferma y muere mucha gente. Y aunque sé que es una ruleta genética, aprendí que gatillarlo depende mucho de mí. De qué como, de cómo vivo, de cuánto me ejercito, de si me relajo lo suficiente. Y eso no me lo ha dicho ningún doctor. Me lo dijo Gaelle Duret.
Gaelle es mi nueva health coach y hoy es mi primera sesión. Estoy nerviosa, porque sus ojos verdes, inquisidores, revisarán todos mis hábitos alimenticios. Con su castellano afrancesado -es belga- repasará mis enfermedades, preguntará por mi rutina deportiva, por la relación con mis hijos.
Tiemblo.
Tengo un hijo adolescente.
Indagará en el estrés en mi trabajo, escudriñará en mi despensa.
Tiemblo.
Acaba de haber un cumpleaños infantil en mi casa.
Tiemblo.
Pero Gaelle se sienta en la mesa de mi cocina como si fuera una vieja amiga y escucha atenta: “Mi último control con el ginecólogo fue un desastre”, le digo. Le cuento que me subí a la pesa y le dije afligida, “estoy gorda”. Que el doctor me miró con cara de cabra-chica-ridícula y me dijo: “está regia, mijita”. Ninguna pregunta, tampoco una huincha para medirme la cintura, que amenazaba con explotar mis jeans. Pero, le sigo contando a Gaelle, “le hice el mismo comentario a Google y el buscador, ¡bingo!, me sugirió todo lo contrario: mi grasa abdominal podía ser síntoma de resistencia a la insulina, el paso anterior a la diabetes tipo 2, lo que luego confirmé con los exámenes médicos que me pidió un endocrinólogo que a su vez me mandó a una nutricionista”.
“Ese fue otro desastre”, continúo. “En menos de veinte minutos y sin preguntarme qué como, ni qué me gusta, la nutricionista me dio una dieta infame, estandarizada, insípida, deprimentemente restrictiva en calorías y abundante en los asquerosos productos light: cola light, yogurt light, quesillo light, queso crema light”.
Gaelle escucha impávida. Nada de lo que le estoy contando la asombra. Ella también tiene tendencia a engordar, también tiene resistencia a la insulina, también salió defraudada de la consulta del doctor y enojada con la nutricionista, que entre otras cosas, le dijo que el yoga, deporte que disfrutaba y la relajaba, “no servía para nada”. Pero, en vez de comerse la rabia, se puso a estudiar. Había otro antecedente que la rondaba: su padre había muerto de una extraña enfermedad autoinmune que ningún doctor consiguió tratar y que, cree, pudo tener un mejor pronóstico si hubiese cuidado su alimentación “treinta años antes”, dice. “Me di cuenta de que lo que comes tiene un impacto increíble en tu salud”. La ingeniera comercial que había trabajado en LAN, y en ese momento estaba en una Start Up dejó sus 20 años de experiencia, leyó todos los libros que encontró e hizo cursos de nutrición y liderazgo en Harvard y se certificó como health coach en el Institute of Integrative Nutrition de Estados Unidos. Volvió a Chile, abrió un blog con consejos, recetas y noticias (www.luanna.org), empezó a hacer charlas de nutrición y bienestar en el lugar donde practicaba yoga y otras privadas en casas. El boca a boca hizo su trabajo y hoy sus clientes son principalmente mujeres que ya pasaron la etapa de la crianza y empiezan a preocuparse de la baja en el metabolismo y la masa muscular. También algunos hombres, casi todos mayores de cuarenta, que es cuando empiezan a engordar. Incluso tiene de cliente a un restaurante en proceso de cambiar su carta y que quiere darle un sello saludable.
En los países desarrollados, los health coaches son una tendencia instalada y muchas veces parte de un equipo médico, especialmente de los doctores que practican la medicina funcional, que mira el cuerpo como un todo y no por partes separadas, como sucede en el modelo de los especialistas. Los coaches hacen el seguimiento, visitan al paciente a su casa, lo llaman y mandan mails, para motivarlos a cambiar sus hábitos y prevenir las enfermedades crónicas de las que nos estamos muriendo. Estos expertos motivacionales, en Chile, sin embargo, recién empiezan a conocerse y Gaelle es una de las pioneras. Está en conversaciones con otros coaches para formar una asociación de health coaches en Chile y darle cierta institucionalidad a su trabajo que hoy no está regulado. No tiene una receta única, sino que su método se adapta a cada cliente y dependiendo de eso fija el número de sesiones, que pueden ser cuatro, 12 o las que la persona necesite.
Gaelle me mira fijo: “¿Qué te gustaría lograr trabajando conmigo”, pregunta. “Bajar de peso”, le digo. “Yo no uso pesa, ni hablo de dietas. El fin de esto es tener más energía y mejor salud. En el camino vas a bajar grasa porque tus células van a funcionar mejor y sin morirte de hambre, pero no quiero que ese sea tu único objetivo. Y ahora tengo que decodificar tu vida”, dice, toma el lápiz y dispara: “¿Logras desconectarte del trabajo a pesar de la tecnología? ¿Cómo describirías tu salud actual? ¿Duermes bien? ¿Mucho estrés en el trabajo? ¿Qué haces para relajarte? ¿Qué deportes haces? ¿Cuáles te gustaría hacer? ¿Cuál es tu comida favorita? ¿Te dan antojos de azúcar, café, cigarros, alcohol?”
Respondo: “Logro desconectarme del trabajo, pero no de la tecnología. Tengo resistencia a la insulina y alergias respiratorias primaverales. Duermo bien. Los periodistas vivimos en estado de estrés permanente. Me relajo cuando bailo en una fiesta. Juego tenis, corro a veces. Me gusta comer de todo, pero odio las prietas. Y sí, antojos de chocolate y mucho vino tinto”.
Gaelle indaga más en el estrés. Me habla del cortisol, la hormona que secreta la vorágine mental. “Te hace subir la glucosa en la sangre, eres incapaz de acceder a la reserva de grasas y engordas”, advierte, y me recomienda buscar nuevas fuentes de relajo. Sé que ella piensa en yoga, pero también sé que sabe que no tengo paciencia.
Me pregunta qué desayuno, almuerzo y ceno. Nos detenemos en el almuerzo, que para ella es la comida más importante del día. Le digo que como poco, una ensalada con atún, pero algo intuye, porque me pregunta cómo almuerzo. Y le confieso: a zampadas y con la tele prendida en las noticias y el computador abierto a un lado, saltando entre las redes sociales, el mail y los portales de noticias. “Uno se enfoca en qué come, pero no en cómo come. Si lo hago viendo tele no me doy cuenta de lo que trago, porque no estoy conectada”, dice.
Le pregunto por las calorías y Gaelle por primera vez habla golpeado: “No creo para nada en el concepto de que para bajar de peso haya que ingerir menos calorías de las que gastas. Eso asume que lo que estoy comiendo no tiene impacto hormonal en mi cuerpo. Y todo lo que yo hago, pienso y como tiene un impacto hormonal y son las hormonas las que deciden si voy a acumular o quemar grasa, no la cantidad de calorías”.
Qué alivio. ¿Habrá algo que mate más las pasiones a alguien que le guste cocinar como yo que contar las calorías? Tampoco separa todo en carbohidratos, azúcares, y proteínas. Ella dice: alimentos.
“Todo es una mezcla. Un salmón es 60 por ciento grasa y 40 por ciento proteína, pero en la cabeza lo vemos como proteína. Yo postulo que la mejor fuente para consumir carbohidratos son las verduras, son 80 por ciento carbohidrato, que es lo que más cantidad debiera haber en tu plato y de todos los colores”.
“¿Incluyendo papas? ¿Comes papas?”, le pregunto.
“Sí, como papas. Y las papas fritas son mi debilidad”, confiesa como buena belga, país famoso por sus frites.
Gaelle no es talibana y aunque aclara que las papas fritas son un lujo que se da poco y nunca, no le teme a las grasas. “La grasa tiene varias funciones y una es que entra a la sangre más lento y además hace que las vitaminas se absorban. Si comes lechuga y sin aceite de oliva, hay vitaminas que no se van a incorporar. La grasa produce saciedad y da sabor. Pero no cualquier grasa, de la buena. Margarina no. Aceite vegetal, tampoco. Aceite de oliva sí, pero para los alimentos fríos. Para cocinar y freír, aceite de coco, que no se oxida con las altas temperaturas”. Y óxido, definamos, son radicales libres y por ende, envejecimiento.
“¿Pan con mantequilla?”, pregunto.
“Sí, pan con mantequilla, pero no cualquier pan”. Gaelle recomienda un pan que parece una barra de cereales, mucha semilla y fruto seco, pero casi nada de harina. Cuando puede evitar el gluten -que para algunos tiene efecto inflamatorio- lo hace. Lo mismo con la leche, cuyas proteínas tienen un efecto parecido. “¿Con qué corto el café, entonces?”. “Con leche de almendra”. Tiene un comodín para todo.
Pasamos a la despensa. “Chocapic, uf. Mucho Chocapic”, dice. Mira feo la bebida que sobró del cumpleaños infantil y no sé si me cree que sea de un cumpleaños. Saca una botella de syrup para los panqueques y lee en voz alta: “Jarabe de maíz alto en fructosa, agua, sal, colorante. Para los que tienen tendencia a engordar, esto es lo peor”. Lo tiro a la basura como si se tratara de veneno. Mal por el aceite de maravilla. Me felicita por el arroz integral y aprueba las barras de cereales cubiertas en chocolate amargo para los niños. “Pero mejor tener frascos con frutos secos a la vista para que se tienten”, dice. Abre el refrigerador. Toma el frasco de salsa de soya. “¿Sabías que el principal ingrediente de la salsa de soya es trigo y no soya?”, me pregunta. El freezer, menos mal, está lleno de salsa de tomates que cociné yo para el invierno. “Muy bien”.
Gaelle se retira tras una hora de conversación, sin presionarme por cambio alguno. Antes de irse, me regala un frasco con frutos secos y me da una receta para cocinar un camote que se extingue en mi verdulero. Apenas se va, parto rauda a una de esas tiendas con olor a incienso a gastarme lo que no tengo en leche de almendras, aceite de coco y frutos secos. Al día siguiente recibo un mail con un resumen detallado de lo que hablamos y una pauta de sugerencias. “Nos vemos en la próxima sesión”
Fuente: La Tercera




